Por Roberto Espinosa
Para LA GACETA - TUCUMÁN
- ¿Cómo se refleja la antinomia regional-universal, propia de la literatura, en la pintura?
-Hay varios elementos que participan de la formación, sobre todo, de un joven. Entonces es importante también despertar la necesidad de mirar la propia realidad. Porque no es tan automático, digamos, de que uno es argentino porque es argentino. Hace falta, en cierta medida, una toma de conciencia de cierta problemática, de necesidades o sugerencias. Creo que eso falta mucho en los jóvenes. Hace poco estuvo un crítico mexicano que dijo que acá se enseña mucho cómo pintar, pero no se enseña qué pintar. Y el “qué” es importante porque es el determinante de ciertas tendencias que después se manifiestan en otros grados. En la medida en que se llame la atención, los propios gobernantes y operadores de la cultura, ellos van a poder hacer cosas que difundan, por ejemplo, en el exterior nuestro arte.
-¿Está conforme con el modo en que se enseña el arte en los institutos, en las universidades?
- Encuentro en ciertos jóvenes que vienen a pedir mi opinión sobre lo que hacen, una gran dispersión en la enseñanza. Es como que no hay una claridad y una continuidad en las líneas que se siguen. No hay, algo así, como una idea generadora. Cada maestro enseña según su método, según su buen saber y entender, pero no hay continuidad entre unos y otros. Esto crea un conflicto enorme en el estudiante, que no sabe si avanza, si retrocede, si se queda. Por eso hay un gran abismo frente a ellos y una necesidad de seguir aprendiendo indefinidamente. Hay gente que pasa años y años en escuelas privadas, porque nunca tiene la sensación de estar en el dominio de esa disciplina. Y, como ellos mismos plantean, todo vale; en un momento donde todo vale, nada vale, entonces el caos es aún mayor. O sea, esta libertad absoluta de que todo puede ser arte, todo objeto o acción hecha por alguien es arte, a ellos les crea esa especie de abismo. A nosotros, cuando estudiábamos, por ejemplo con Spilimbergo, nos enseñaban reglas fijas. Que no eran para ser “artistas”, sino para aprender un lenguaje. A ese lenguaje, después lo usabas o no, o lo distorsionabas, o lo usabas en parte. Pero, de todas maneras, nosotros sentíamos una solidez y una coherencia en todo eso que nos enseñaban. Además, el mismo maestro era medida o parámetro, algo que -de alguna manera- era una especie de destino, de futuro. Picasso, por ejemplo, podía no estar acá, pero nosotros sabíamos que existía y su presencia y su proyección influía en la forma de trabajar en el ejercicio de la libertad, de un método, en el ejercicio del oficio. La falencia que yo encuentro en los jóvenes es esa falta de concreción y de rigor, en cierto sentido. El rigor se parece a lo académico, al naturalismo, al arte demodée, al atraso, mientras que pareciera que hay que lanzarse a esa cosa intuitiva, salvaje, elemental, sin un método.
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PERFIL
Carlos Alonso (Tunuyán, 1929 - Unquillo, 2026) fue el autor de una obra de marcado interés social. Estudió con Spilimbergo, Pompeyo Audivert y Lajos Szalay. En 1951 ganó el primer premio de dibujo en el Salón del Norte, en Tucumán. En 1953 y 1954 expuso en Buenos Aires, París y Madrid. En 1957 fue el ganador del concurso de la editorial Emecé para ilustrar Don Quijote y Martín Fierro, y dos años después obtuvo el Premio Chantal. Realizó múltiples exposiciones junto a artistas como Berni y Bressanini. En 1971 expuso en las galerías Giulia de Roma, Eidos de Milán y en la Bedford Gallery de Londres. Ilustró obras como Romancero criollo, La Divina Comedia, El juguete rabioso, Irene y Lección de anatomía. Después del golpe de 1976 y la desaparición de su hija Paloma, Alonso se exilió en Italia y España. Recibió dos Konex de Platino (1982 y 1992) como el mejor Dibujante de la década y en 2012 un Konex a la Trayectoria de las Artes Visuales por el trabajo de toda su vida. Murió en Unquillo, Córdoba, donde vivió en las últimas cuatro décadas.